Oksana lleva un año en Bilbao y catorce soldando. En Járkov trabajaba TIG sobre inoxidable y tiene los papeles que lo acreditan, aunque estén en ucraniano y en el taller nadie sepa leerlos. La entrevista era un martes a las nueve, en una oficina acristalada con vistas a las cabinas y un zumbido de fondo que no paraba nunca.
Enfrente, dos personas. Iñaki, el dueño, que quería hablar de turnos, de convenio y de cuándo podía empezar. Y Rubén, el jefe de taller, al que solo le importaba una cosa: qué espesores había tocado y con qué procedimiento.
El problema no era el idioma, era el cruce
Los dos preguntaban a la vez, como pasa siempre en las entrevistas de verdad. Con una traducción que lo amontona todo en un bloque, a Oksana le llegaba una sopa: "cuántas horas… chapa de tres milímetros… los sábados… ¿hilo o electrodo?". Contestaba a lo primero que entendía y Rubén se quedaba con la sensación de que esquivaba su pregunta. Dos veces estuvo a punto de cerrar la carpeta.
Lo que cambió la mañana fue algo aparentemente pequeño: separar las voces. Con Elffuss Translator abierto en el portátil que había encima de la mesa, cada frase le aparecía atribuida y traducida al ucraniano según se decía:
Voz 2: ¿Has soldado chapa fina, de dos o tres milímetros?
Voz 1: …y los sábados por la mañana, ¿podrías?
Con eso le bastó. Miró a Rubén, le respondió a él, y sacó el móvil para enseñarle una foto de un depósito que había soldado en su anterior taller. La conversación dejó de ser un ruido a dos bandas y pasó a ser lo que tenía que ser: una entrevista.
Lo que se dijo en esa sala se quedó en esa sala
Repasa media hora de entrevista y verás lo que hay dentro. Oksana dijo su NIE, el barrio donde vive, el nombre de la empresa que la tuvo tres meses sin contrato y por qué necesita salir antes los jueves. Iñaki soltó delante de una desconocida la banda salarial que paga en el taller. Nada de eso es un secreto de Estado, pero tampoco es material para dejarlo grabado en el servidor de nadie, con un consentimiento que ninguno de los tres iba a leer.
Aquí no hizo falta plantearse esa pregunta, porque el audio no viajó a ninguna parte. Translator corre dentro de la pestaña del navegador, sobre la tarjeta gráfica del propio portátil. El micrófono entra ahí y ahí se queda: no hay subida, no hay cuenta, no hay grabación que alguien tenga que borrar después.
- Cada línea con su voz, para no adivinar quién ha preguntado qué.
- En los dos sentidos: ella entiende y ellos la entienden, sin turnos ni botones.
- Sin cobertura. En un polígono con el wifi regular, eso no es un detalle menor.
La cogieron. Rubén dice que lo que le convenció fue cómo contestó a lo de los tres milímetros. Que la pregunta le llegara entera, y con nombre, ayudó bastante.
Si mañana tienes una conversación que no te puedes permitir entender a medias, abre Elffuss Translator: funciona dentro de tu navegador, separa quién habla y no sube tu audio a ningún sitio.
Abrir Translator →